Cómo una YAU de lenga fueguina llegó a las manos de Raly Barrionuevo
En 2021, en la ciudad de Tolhuin, Tierra del Fuego, nació una guitarra que nunca imaginamos que iba a recorrer un camino tan especial.
Después de construir una YAU clásica y luego una YAU con corte, había una guitarra a medio terminar en nuestra habitación. La construcción estaba casi completa. Solo faltaba pegarle el fondo de lenga, que ya estaba listo. Mauro iba a ir al taller al día siguiente para hacer esa tarea.
Pero esa noche, mirando la guitarra sin el fondo, se me ocurrió algo:
—¿Y si cortamos la guitarra? ¿Y la hacemos tipo caja angosta y con preamplificador?
Mauro me miró y me dijo:
—¿Qué? ¿Estás loca? Si mañana ya le pego el fondo...
Yo seguía insistiendo.
—Estaría buena. Quedaría re fachera...
Pero él, en su negación, me dijo que no.
Entonces me di media vuelta y le contesté:
—Está bien, hacé lo que quieras.
Al día siguiente, Mauro fue al taller.
Y, contra todo pronóstico, decidió probar.
Agarró la guitarra del mástil y pasó el cuerpo abierto por la sierra sin fin. La guitarra pasó de tener unos 10 centímetros de profundidad a apenas 6.
Cuando Mauro se la probó al cuerpo, se dio cuenta de que era mucho más cómoda.
—Está re cómoda.
Y entonces le pegó el fondo.
Así nació la YAU Ec, nuestra electrocriolla de caja angosta.
Después buscamos en el mercado un preamplificador que pudiera adaptarse a esas nuevas medidas. Conseguimos uno, lo probamos y funcionó.
Y ahí dije:
—Listo. Esta guitarra es mía.
Como era la primera de ese modelo, la presentamos como prototipo. La llevamos a ferias y exposiciones para mostrarla.
Y pasó algo curioso.
Todos la miraban. Muchos querían comprarla. Incluso hubo personas que llegaban con la tarjeta de crédito en la mano para llevársela.
Pero yo les decía que no estaba a la venta. Que era una guitarra de muestra y que ese modelo se hacía por pedido.
La verdad era otra.
Por dentro, esa guitarra ya era mi favorita.
Nosotros la llamábamos “La Cortada”.
Hasta que un sábado, durante la Expo Agroproductiva de Río Grande, se acercaron dos personas que organizaban la exposición.
Querían comprar una guitarra para obsequiársela a Raly Barrionuevo.
Me preguntaron:
—¿Cuál elegimos?
Por dentro pensé inmediatamente: la electrocriolla.
Pero no quería decirlo.
Era mi guitarra.
Entonces les respondí:
—Elijan ustedes.
Y se la llevaron.
En ese momento pensé que, quizás, era una linda oportunidad. Que esa guitarra que habíamos creado con tanto amor podía llegar a las manos de un referente de la música y del folklore argentino.
Y así fue.
Tiempo después, durante el encendido del arbolito de Navidad en Río Grande, nos invitaron a entregársela nosotros mismos, arriba del escenario.
Raly tocó algunas canciones en medio del frío de la ciudad y, en un momento, nos invitaron a subir.
Ahí se la entregamos.
Fue un momento inolvidable.
Pero más allá de la guitarra, hay algo que todavía recordamos: el abrazo de Raly. Un abrazo fuerte, sincero, de esos que quedan.
Después, por supuesto, pudimos sacarnos una foto con él.
Y la historia podría haber terminado ahí.
Pero no.
Pasaron algunos meses y llegó Cosquín 2023.
Raly se presentó en el escenario mayor y comenzó tocando “Zamba y acuarela” con una de sus guitarras.
Apenas habían pasado unos minutos cuando decidió cambiar de instrumento.
Y entonces apareció ella.
La YAU Ec.
La Cortada.
En ese mismo momento apareció Soledad Pastorutti para cantar junto a él.
Nosotros estábamos en casa mirando el recital en vivo.
Cuando vi la guitarra, miré a Mauro y le pregunté:
—¿Es esa la YAU? ¿O estoy alucinando?
Y Mauro me respondió:
—Sí. Sí, es esa.
Nos miramos y lloramos de felicidad.
Porque para nosotros esa guitarra era mucho más que un instrumento.
Era aquella guitarra que había nacido casi de casualidad.
La que estuvo a punto de ser otra YAU.
La que Mauro no quería cortar.
La que yo insistí en transformar.
La que terminó convirtiéndose en un nuevo modelo.
La que no quería vender porque, en el fondo, era mi favorita.
La Cortada.
En 2025, Raly volvió a Tierra del Fuego.
Su manager se comunicó con nosotros porque Raly quería volver a vernos.
Nos invitó a su show y, esa noche, volvió a lucir su guitarra. Tocó tres temas con ella, nos mencionó desde el escenario y habló con mucho cariño y admiración sobre el instrumento.
Después empezamos a recibir mensajes de personas que seguían sus conciertos.
Cada vez que veían la guitarra, nos contaban lo mismo:
“Raly ama esa guitarra.”
Y también nos contaban que él la llama “La Lenga”.
Y ahí entendimos que aquella guitarra que nació de una idea inesperada, de una discusión y de una sierra sin fin, había encontrado su lugar.
Desde un rincón de Tierra del Fuego hasta el escenario de Cosquín.
De nuestras manos a las manos de Raly.
De La Cortada a La Lenga.
Gracias, Raly, por haberle dado una historia todavía más grande a una guitarra que para nosotros siempre fue especial.
